jueves, 9 de agosto de 2012

Vigésimoprimer Destino - París, Francia (Parte 1)


Llegar a París era todo un acontecimiento en si mismo, invitaba a soñar. Un lugar con un perfume especial, con promesas de glamour y un espectro cultural sumamente amplio, diverso.

Las primeras horas no fueron lo placenteras que esperaba. Poder marcar nuestro pasaje hasta nuestro próximo destino, Barcelona, nos insumió cerca de tres horas dadas las extensas colas y las dudas de gente que llega a la ventanilla sin saber que es lo que realmente pretende hacer (si sacar un pasaje de tren o compar doscientos gramos de mortadela y de queso parmesano). Cansado y contrariado, finalmente logramos entre diversas vueltas llegar a nuestro (Hipo) Hotel cuatro horas después de lo esperado, imponiendo esto un cambio en nuestros planes primarios del itinerario para el día.

La zona en la que estábamos alojados, sobre la calle Avrón, denotaba ser algo humilde, de gente trabajadora y lejana a las visiones de champagna francesa asimiladas a la ciudad. Me llamó la atención la gran cantidad de indigentes que había por allí pidiendo una moneda, algo que al menos yo no esperaba encontrar en tal magnitud en París, pero que muestra una realidad en la que no todo reluce ni siquiera por estas latitudes.

Tomamos nuestra linea de subte en la estación “Porte de Montruil” y minutos más tarde estábamos arribando a la “Ile de la cité”, la parte más antigua de la ciudad y de la cual tantas veces había escuchado historias alrededor de ella. Los mapas no cerraban, nuestra lectura de los mismos seguramente tampoco, por lo que nos llevó un tiempo mayor del esperado poder ubicarnos y finalmente caminar en la dirección correcta. Pasamos frente al parlamento y a unos escasos metros nos cruzamos por primera ves con el famoso río Sena, el cual divide claramente en dos a la ciudad. Atravesamos uno de los tantos puentes que hay en la isla, para llegar nada menos que a Notre Dame con sus emblemáticas dos torres de entrada dándonos la espectacular bienvenida.


La catedral, con su estilo gótico, es una construcción cuyo inicio data del año 1163 y desde su nombre se aprecia la dedicación de dicha obra a la Madre María (“Nostra Señora”) . Es un lugar en el cual impactan sus terminaciones, las estatuas perfectamente talladas, las grandes puertas de acceso. Es un claro símbolo y fiel reflejo de una época, la cual indudablemente ha trascendido las generaciones en su conservación y esplendor hasta el día de hoy.

Luego de una fila relativamente breve, al menos para lo que presumía podía insumir de tiempo por la cantidad de gente presente, logramos entrar en la iglesia no sin antes discutir con una china que para variar pretendía colarse como es generalmente costumbre en su tierra natal. Adentro la catedral mantenía la perfección de la construcción, sumado a algunas pinturas, estatuas y a un sin fin de velas encendidas que le daban un clima cálido de luz tenue. En esos momentos se estaba llevando una misa, por lo que con respeto y silencio dimos una vuelta en su interior, para seguir minutos màs tarde por nuestro camino parisino.


Ya fuera de la catedral, dado que era relativamente tarde, decidimos caminar por la zona y ver los diversos puntos de interés que se presumía iban a aparecer de camino. El río Siena nos marcaba el paso con la hermosa vista que ofrecía, con sus puentes atravesándolo y regalándonos postales a cada metro que íbamos avanzando. Sin salir de la isla de la Cité pasamos frente a “Conciergerie”, el palacio más antiguo de París, también por “Saint Chapelle”. Todas obras impresionantes en su dimensión y aspecto, increíblemente en un radio no mayor a cuatro o cinco cuadras. Elegancia y arte por doquier.


Recorrimos diversas calles hasta llegar a los "Jardines de Luxemburgo", en donde se imponía un descanso dentro de uno de los parques más bonitos de Francia. Como bienvenida de gala, el Palacio de Luxemburgo en su puerta era lo primero que uno observaba al llegar, aunque traspasando el portón de entrada un paisaje natural hermoso, rodeado de colores vivos terminaba de darle un toque perfecto al mismo. Flores por doquier, llenas de color, de vida. Arboles diversos, fuentes, patos, bancos que invitaban a sentarse sobre ellos a simplemente admirar el paisaje increíble que ofrecía el lugar y dejar la mente volar hacia lugares desconocidos.


Luego de un tiempo en que permanecimos en el interior del parque, decidimos salir a conocer la Calle Montparnasse, una de las más afamadas de la ciudad. El glamour decía presente en muchos de los restaurantes que iban apareciendo sobre la misma, obviamente totalmente fuera de nuestro presupuesto, además nos íbamos cruzando con gran cantidad de cines, teatros, todo rodeado de una calma total en las inmediaciones.


En un sólo día la “Ciudad de las luces” nos invitaba a embriagarnos de arte, de un refinado gusto por el perfeccionismo que se aloja en cada rincón de sus calles. Se respira creatividad, influencias diversas, y en cada pequeño detalle se lograr absorver la inspiración de una ciudad increìble. Que venga un nuevo día...

martes, 7 de agosto de 2012

Vigésimo Destino - Brujas, Belgica

Llegar a Brujas implicaba el comienzo de una nueva modalidad de viaje, el uso de trenes. En Holanda habíamos comprado el “Eurail Pass” que nos permitiría atravesar Europa desde Amsterdam hasta Madrid usando diversas combinaciones que implicarían al menos algo distinto y novedoso para nosotros. Un andar tranquilo, admirando los paisajes agrestes que iban apareciendo sobre nuestra ventana, contemplando una zona con muchos puntos en común con los campos que estamos acostumbrados a ver en las rutas del interior de nuestro país. Sumamente disfrutable.

La primer sorpresa que me dio el lugar, fue el significado o traducción de su nombre. Nada que ver con escobas voladoras ni varitas mágicas, sino que “Brug” en neerlandés quiere decir “puente”. La pluralización obedece a que una gran cantidad de estos se observan por diversos puntos de la ciudad, siendo los canales que corren debajo de ellos un toque característico de Brujas, o Brugge en su idioma natal, a la cual también se la conoce como la “Venecia del Norte” por esto.

Nuestra llegada se podría decir que ha sido de las más sencillas del viaje, ya que increíblemente y producto de una elección fortuita, nuestro hostel se encontraba a unos escasos metros de la terminal de trenes. Al visualizar un mapa de la ciudad ya nos daba claramente la pauta de encontrarnos en un lugar de escasas dimensiones, ideal para recorrerlo a pie y disfrutar del soleado día en el que habíamos arribado.



Ya al transitar por sus empedradas calles se respiraba un clima pueblerino, calmo, con una paz que invitaba a relajarse y olvidarse de la locura que azota generalmente a las grandes ciudades. Calles angostas, faroles, casitas pequeñas, varias iglesias e imágenes religiosas de camino, sumadas a una hermosa tranquilidad que se respiraba a nuestro andar, la hacían un lugar sumamente encantador para conocer.

Llegamos a la “Plaza Markt” en el corazón de Brujas, en donde deslumbraban las construcciones, los colores, el encanto de una de las plazas más hermosas que seguro he visto en este viaje. Construcciones medievales, palacios antiguos, estatuas, carruajes, cafés y restaurantes con aires de otras épocas. El “Edificio de los Hallen”, que data del año 1248 y es el símbolo de la ciudad con su inmenso campanario al frente, “Landhuis” que es un hermoso palacio del Siglo diecinueve, el monumento central de “Levigne”, en fin, todo cautivaba a los cuatro costados de la plaza principal. Nos quedamos contemplando el lugar sentados por un tiempo, sin prisa, para luego seguir la caminata sin ningún destino fijo.


Un elemento que distingue también a Brujas, y a Bélgica en su conjunto, es la gran variedad de espectaculares cervezas que son originarias de aquí. Un apasionado en la materia como humildemente me considero, sintió un gran regocijo al descubrir esto, y sin perder tiempo me dediqué a probar la mayor cantidad de estas a un precio mínimo si lo comparamos con el que venden estas por Uruguay.

En un centro de atención al turista nos habíamos hecho de un mapa que indicaba los lugares más relevantes a conocer, ya sea desde el punto de vista gastronómico, como cultural o de interés general. Recorrimos algunos con falsas referencias, para finalmente terminar la primer noche en un jazz bar, bastante apagado y sin música en vivo como pretendíamos, aunque con una cálida recepción de su dueña que nos pasó varios piques de la movida por acá.

El día siguiente lo arrancamos con una cuenta que nos quedó pendiente de Amsterdam: andar en bicicleta. Arrendamos unas a la vuelta del hotel e inmediatamente salimos en busca del andar libre en conexión con la naturaleza, y un lugar que se vestía ideal para estos fines. Carriles y semáforos específicos, respeto a las normas de tránsito, perfecta señalización, sumado a un orden que invitaba a simplemente dejarse llevar por sus sinuosos senderos


Recorrimos practiacamente la ciudad entera. Los parques con los canales corriendo a nuestros costados, los molinos de viento que parecían extraídos de “El Quijote de la Mancha”, los puentes, las calles, los monumentos. Una recorrida natural, distendida, gozada.


Dejamos las bicicletas horas de la tarde y nos dispusimos a partir rumbo a un festival musical que había en un parque cercano al centro de la ciudad. La dueña del bar de jazz que habíamos visitado la noche anterior nos había pasado la información de que la movida allí valía la pena, por lo que emprendimos caminata con ese destino.

Nos adentramos en el parque disfrutando del verde que ofrecía a sus costados, de sus arboles, para que unos metros adelante la música empezara a vibrar. Una banda local sonaba, con alguna melodía psicodélica, rockera. El baterista era quien cantaba, con un amplio dominio de la sincronización, y una buena voz que se sumaba a una banda aceitada y de muy buen sonar. Nos quedamos todo el toque, disfrutándolo entre medio de gente local que se había arrimado a ver a esta banda o simplemente a sumarse a la movida cultural que allí se estaba generando.


Siguiendo en la misma linea, sabíamos que a las diez de la noche en la “Plaza Burg”, una de las principales de la ciudad, iba a tocar una banda de Punk Rock local de nombre “Scarb”, la cual traía pergaminos de ser conocida en la movida belga. A medida que se iba acercando la hora del recital, la plaza comenzaba a llenarse de público diverso que iba desde algún que otro rockero, hasta familias enteras con niños chicos o gente mayor que se había arrimado hasta la zona para sentirse participe de esto. Nada de agite, banderas, ni euforia desmedida, cómo la ciudad misma todo transcurría en calma y orden. Los temas eran una mezcla de rock clásico ochentoso, con influencias del punk de los setenta, más dos coristas que me cuesta asociarlas a alguna época o genero en concreto. Sonaron varios temas propios de la banda, y hasta “London Calling” de los Clash, "Rockin' in the Free World" de Neil Young, más algún que otro clásico de rock n roll de décadas pasadas. Un goce total, en un entorno rodeado de hermosos castillos, una noche perfecta y el “gustito” de estar disfrutando algo así a tantos miles de kilómetros de casa.


Volvimos sumamente cansados a nuestro hotel luego de muchas horas de trajín, de caminar, de estar parados. Salíamos temprano en la mañana en nuestro tren camino a París, por lo que simplemente nos despedimos de Brujas sumamente encantados con los días que nos había regalado en nuestra estadía. Una sorpresa, pocas pretensiones transformadas por el encanto de una ciudad sacada de otra época, elegante y con la calma tantas veces anhelada.

sábado, 4 de agosto de 2012

Decimonoveno Destino - Amsterdam, Holanda


Amsterdam es una ciudad pequeña, en la que tan sólo viven setecientos cincuenta mil habitantes, aunque la afluencia de turistas hace que ese número se incremente considerablemente. Las asociaciones a la legalización de las drogas y la prostitución son inevitables al visitar la ciudad, aunque limitarlo a esto sería tener un horizonte elevadamente acotado.


En la zona en la cual nos hospedamos se respira una gran tranquilidad, es un lugar de casas pequeñas, tranvías que deambulan silenciosos por las calles, y puentes sobre los cuales corren canales de agua con la misma paz en la que parece vivir esta ciudad. El frío y la lluvia nos daban la bienvenida cuando la noche comenzaba a abrazar la ciudad, aunque daba gusto caminar por un lugar así, tan lleno de encanto y misteriosa belleza.


Amanecimos a media mañana y decidimos salir a caminar por las calles, eso de por si ya tenía un encanto propio en si mismo. Los canales parecían marcarnos el camino, las bicicletas a nuestros costados pasaban una detrás de otra, en una ciudad creada para que estas tengan un rol fundamental en la vida de ella. Las mismas cuentan con sus propios carriles y semáforos específicos para determinar su paso, los autos parecen relegados a un rol secundario como medio de transporte por acá.


Nos cruzamos con varios parques, museos e iglesias que adornaban la ciudad. La tranquilidad aún era absoluta, aunque a medida que nos íbamos acercando al centro de la ciudad de a poco comenzaba a alterarse levemente. La marihuana comenzaba a verse repetidamente, aunque no en el consumo por ahora, sino en la innumerable cantidad de comercios que vendían cosas relacionadas. Remeras, tucas, pipas, hojillas, galletas, chupetines o bebidas, eran sólo algunos de los artículos que se ofrecían con cannabis de por medio.


Bordeamos el río “Amstel”, y minutos más tarde llegamos al centro de la ciudad. Paramos en la “Plaza del Dam”, en donde aprovechamos para descansar y observar la vista que la misma regalaba. A uno de sus costados podíamos apreciar el“National Monument”, obelisco realizado en honor a los caídos durante la Segunda Guerra Mundial. En el mismo se simbolizan la paz, la guerra y la resistencia a través de la imagen de una mujer con un niño en brazos, varios hombres y algunos perros, respectivamente. Al otro lado teníamos la basílica “Nieuwe Kerk”, la cual ha pasado de ser objeto de cultos religiosos y coronaciones de la familia real holandesa, a ser utilizada al día de hoy para exposiciones y conciertos de órgano.



Seguimos nuestro andar, pasamos por el inmenso edificio en ladrillo “Beurs Van Berlage”, lugar que aloja hoy día a la Orquesta Filarmónica de Amsterdam, y llegamos hasta “Centraal Station” en donde nuestro mapa finalizaba sus indicaciones.



Cenamos temprano en este punto de la ciudad, que es por demás costoso, y paseamos por las calles aledañas a la “Zona Roja” y luego por este lugar mismo. Ya el bullicio aquí era importante, las ofertas de todo tipo también, aunque nunca llegaban a ser lo suficientemente atomizantes como para sentirse incomodo. Las vidrieras ofrecían venta de carne diversa, los sex shop se multipicaban a cada paso y las luces comenzaban a arremeter cuando la noche aparecía. Los “Coffee Shop” también eran innumerables, entramos a uno prolijo y oscuro, para partir más tarde retorno a nuestro hostel en las afueras del descontrol central.


Al día siguiente teníamos que procurar nuestros pasajes de tren para el trayecto europeo, por lo que nos trasladamos nuevamente hasta “Centraal Station” en busca de nuestros Eurail Pass correspondientes. Para no extrañar a nuestros queridos organismos públicos, como la DGI o el BPS, "se cayó el sistema" de venta de boletos por lo que debimos esperar un largo tiempo para poder ser atendidos.


Luego de la extensa perdida de tiempo, fuimos a visitar una atracción homónima: “The Heineken Experience”. La misma implicaba una larga recorrida por la historia de la principal cerveza holandesa: sus orígenes, fundadores, proceso de elaboración, degustación y cierre como no podía ser de otra manera, tomando una. Estuvo muy entretenida la visita, algunas cosas nuevas aprendidas, aunque el precio probablemente era un poco excesivo para el paseo (o más bien para nosotros).



Cenamos una pasta en un restaurante de comida italiana, traicionando así a los incondicionales Ronald o Burguer, para más tarde retornar a nuestro hospedaje con una intensa lluvia que cubría la ciudad en esas tranquilas horas luego del atardecer.



viernes, 3 de agosto de 2012

Decimoctavo Destino - Londres, Inglaterra


Londres era un destino generaba en mi amplias expectativas previas. Por un lado implicaba conocer una de las ciudades más importantes de Europa, con muchas referencias positivas de ex viajeros, de conocidos, sumado al hecho de que en estos momento estaba siendo sede de los “XXX Juegos Olímpicos” con toda la movida que esto trae consigo. Por otro lado tenía también un componente personal, emotivo, dado que aquí me reencontraría con uno de mis grandes amigos de la infancia, Matías, a quien no veía desde hacía algo más de nueve años y que luego de mucho tiempo viviendo en España se encontraba ahora en la capital inglesa por estos días.

Lo primero que me llamó la atención al llegar a Londres fue que el aeropuerto no vislumbraba la disputa del acontecimiento olímpico, al menos en lo que a difusión y publicidad refiere, así como tampoco en cuanto a las medidas de seguridad que uno intuía podían ser excesivas por aquí. Algún que otro cartel en los corredores, más algún interés particular en el buen servicio con el turista, eran las pocas señales visibles de encontrarnos en un momento especial y diferente para la ciudad.


Las opciones para llegar a nuestro hostel eran básicamente dos: la de hacerlo a través de un tren de alta velocidad, el cual nos dejaría en quince minutos en nuestro destino aunque por la friolera de dieciocho libras (algo así como veintisiete dólares); O bien la de tomar el metro corriente, por cuatro libras y una demora del entrono de la hora y quince. No hace falta aclarar que nos acomodamos para un largo viaje, sacamos las cuentas de cuantas cervezas rendían esas catorce libras, y sonrientes arribamos en algo más de una hora a la zona de Queensway en la que estábamos alojados.


Al salir de la estación Mati nos estaba esperando, igual que siempre, con el mismo semblante con el que nos encontrábamos en la puerta del Solanas, allá en la zona del Prado, o en esas noche de "Factoria" de alto vuelo. Parecía que el tiempo no había pasado, salvo por algún kilito de más y unas canas que de a poco se empiezan a peinar. Sin lugar a dudas la amistad verdadera puede más que las crisis, los problemas económicos y las distancias, que muchas veces se sienten pero no derriban lo que el tiempo y los sentimientos han construido sobre la base de determinados valores.


Empezamos a caminar, como yendo al liceo o a algún bolichón de mala muerte como esos que frecuentabamos, y a unos escasos metros llegamos a nuestro guerrero hostel: “The Royal Bayswater”. Rápidamente dejamos nuestro equipaje en la habitación , para partir minutos más tarde de recorrida por los puntos claves de la ciudad, los cuales eran muchos y sin el suficiente tiempo disponible como para abarcarlos con la tranquilidad deseada.

Al transitar por las calles recién comenzaba a sentirse la presencia de los Juegos Olímpicos en el ambiente. Uno se cruzaba con innumerable cantidad de gente de diversas nacionalidades, camisetas y banderas de distintos países, además de que el color típico del acontecimiento, el violeta, prevalecía por los diversos rincones a los que se mirara por la ciudad. Recorrimos primero la zona de “Picadilly Circus” en donde los comercios estallaban en todas direcciones, y las luces de los inmensos carteles luminosos no discriminaban entre el día o la noche. Mucho glamour, tiendas costosas y calles embanderadas eran las imagenes proyectadas aquí.

 

Seguimos de larga caminata, pasamos frente a varios Museos de la zona, la plaza principal e hicimos un primer corte para tomar unas espectaculares cervezas en los típicos bares locales. Uno de los atractivos más esperados comenzó a asomarse a unos escasos metros de donde estábamos. El "Palacio de Westminster", sede del parlamento británico, junto con el famoso "Big Ben" deslumbraban nuestra vista y hacían perderla en las espectaculares terminaciones que la obra tiene. Espectacular, reluciente, digna de innumerables elogios por la construcción en si, así como también por el estado en que se encuentra el mismo.



A sólo unos escasos metros se encontraba el conocido “Tower Bridge”, adornado con los clásicos aros de los Juegos Olímpicos, y con el río Támesis corriendo debajo de él. Nos quedamos tomando algo con este puente elevadizo que data del año 1894 de fondo, y aprovechamos para tomarnos un descanso luego de una cantidad importante de cuadras que habíamos caminado durante horas.




Finalmente terminamos la clásica recorrida conociendo el mítico “Buckingham Palace”, lugar de residencia de la familia real británica, al cual se nos dificultó un poco el acceso dado que había varios estadios armados en la zona, y los desvíos se volvían interminables para poder llegar hasta la puerta del mismo.Contemplamos el lugar, la fuente frente al mismo, tomamos las fotos de rigor y rumbo a la cena junto con María, la novia de Mati, que salía por esas horas del trabajo.



El segundo día en Londres venía claramente marcado por la visita a Wembley, en donde Uruguay enfrentaría a Senegal por el fútbol olímpico en horas de la tarde. Se volvía difícil pensar en otra cosa que no fuese el partido, aunque para calmar un poco la ansiedad y aprovechar la corta estadía en Londres, decidimos hacer una recorrida matinal por la zona cercana al hostel. Bajo una leve llovizna llegamos caminando al barrio aledaño de la zona oeste de Londres, llamado “Nothing Hill”. Este lugar había sido popluarizado hace más de una década por la película llamada “Un lugar llamado Nothhing Hill”, con la actuación de Julia Roberts y Hugh Grant, en el cual aparte del nombre, gran parte de la película transcurre aquí. Un sitio por demás cálido, en donde se respiraba mucha paz y tranquilidad, con calles angostas acompañadas de pequeñas edificaciones típicas inglesas y varias tiendas de música con ofertas increíbles en las que me compre algun que otro material (Dylan, Paul y Jack Johnson).


En esta parte de Europa el frío había retornado a nuestras vidas, por más que aquí estemos en pleno verano, por lo que tome un liviano abrigo en el hostel y emprendí camino rumbo a la casa de mi amigo que estaba a unas escasas cuadras del estadio de Wembley. Previa con un litraje cervezero importante, charlas varias, música inspiradora, manija mutua, y ómnibus mediante estábamos frente al histórico escenario, cuna de grandes disputas deportivas y recordados recitales musicales del pasado. Deslumbrados por las dimensiones del estadio, hicimos una parada técnica en un bar pegado al mismo para tomar unas más, y en escasos minutos a la cancha la celeste. La adrenalina ya estaba al mango, es increible todo lo que genera el futbol y como lo sentimos por nuestras latitudes, rozando lo enfermiso. Colgue la bandera tricolor en una parte de la tribuna y a sufrir, como buenos yoruguas no podemos abstraernos de sufrir los partidos y andas con alguna calculadora cerca para estar seguros de que "matematicamente tenemos chances".



El resultado fue negativo, perdimos dos a cero, jugamos espantoso y nos tuvimos que bancar a todos los ingleses hinchando por Senegal o abucheando constantemente a Suarez cada vez que tocaba la pelota. Más allá de esto fue una experiencia inolvidable, por el contexto, por el lugar, la compañía, por lo vivido antes, durante y después del partido. La piel erizada y la emoción sentida en el momento que suena el Himno Nacional en un país ajeno, el poder ver y conversar con tantos compatriotas bajo los mismos colores, ver la bandera flamear, compartir vivencias, anécdotas, recuerdos. En definitiva, sentirse más cerca de casa.



El ultimo día en la capital inglesa lo tomamos para recorrer algunos puntos que nos habían quedado pendientes según las actividades proyectadas a realizar aquí. Temprano tomamos el metro y partimos hacia la zona de Abbey Road, en donde se alojan los estudios de grabación inmortalizados por una de mis bandas favoritas, de las más importantes en la historia de la música; “The Beatles”. Un alto contenido emotivo generó en mi ver y transitar la mítica cebra que fuera portada del disco que lleva el nombre de la calle. Parecía un niño chico, con una sonrisa indisimulable e intentando remontarme a fines de los años sesenta mientras tarareaba “Something” o “Here Comes The Sun”. Me arrimé a los Estudios propiedad de la compañía EMI, sin poder ingresar ya no está permitido, dejé mi firma en el muro de entrada y miré al cielo intentando ver un poco más allá en el tiempo.




Al rato después fuimos a conocer la zona de la Villa Olímpica, denominada “Olimpic Park”. Lamentablemente para acceder a las inmediaciones de los escenarios deportivos, es necesario también tener entrada, por lo cual debimos conformarnos por ver todo desde un punto alejado, rodeados de una innumerable cantidad de personas que había en la zona. Seguimos camino rumbo a “Hyde Park”, disfrutando del ambiente natural que regalaba el lugar. A unos escasos metros, en el interior mismo del parque, estaba montado un espacio destinado a observar los acontecimientos de los Juegos con una gran cantidad de pantallas gigantes, puestos de comida, merchandising y otros servicios asociados a esto. Como la entrada era gratuita ingresamos, vimos tirados en el pasto un poco de volley femenino que proyectaban en una de las inmensas pantallas y volvimos a nuestro hospedaje para partir rumbo a Amsterdam.



 
Generalmente mis relatos terminarían acá, pero la llegada al aeropuerto fue toda una odisea y un cúmulo de nervios compartidos. Salimos del hotel unos minutos más tarde de lo esperado, aunque según la indicaciones de una de las personas que atendía el mismo aún estábamos sobrados de tiempo. Hicimos tres conexiones de metro y desde la última, “Victoria Station”, debíamos tomar un bus que nos dejaría en el aeropuerto en apróximadamente una hora. Al llegar allí, nos enteramos que el tiempo de duración hasta el aeropuerto era de casi dos horas, por lo que si a eso le sumábamos que teníamos que aguardar que el coche saliera, implicaba que estuviésemos sumamente justos para llegar a nuestro vuelo (que encima habíamos comprado un día antes por cerca de ciento cincuenta dolares cada uno). Las cuentas igualmente nos estaban dando, apretadas, pero “matemáticamente teníamos chances” de abordar llegando una hora antes. Todo comenzó a cambiar cuando en la mitad del trayecto el ómnibus se detiene, la calle se ve cerrada por policías y el conductor dice “Somebody jump of the roof” (Para los que no saben inglés algo así como “alguién se tiró de la azotea de un aprtamento”). El nerviosismo era generalizado, ya que no eramos los únicos que perdíamos nuestro vuelo, por lo que nos bajamos y empezamos a tantear el panorama para ver que opciones teníamos. Una de ellas era la de tomar un taxi, el cual nos iba a fajar desconsideradamente en el precio. La otra era que el ómnibus se moviera de alguna forma de allí, movida dificultosa por la cantidad de efectivos policiales que había en la zona. En un momento vemos que el conductor se pone a hablar con una oficial de la policía que nos estaba cerrando el paso atrás con un sólo vehículo, por lo cual aprovechamos el momento para empezar a meter presión y agitar el tema para que nos liberen la esa salida.


Finalmente la movida dió sus frutos, por lo que salimos aunque con cerca de treinta minutos de retraso, implicando esto que llegáramos al “check in” a treinta y cinco de que partiera nuestro vuelo. Una veterana que atendía nos dio una mano liberándonos la fila, nos dijo básicamente que eramos unos boludos por llegar tan sobre la hora, y la mujer que nos dio los Boarding Pass sólamente atinó decirnos: “run!!”. Corrimos como para competir en alguna disciplina olímpica, ahogados, casi sin poder respirar íbamos recorriendo los inmensos pasillos del aeropuerto. Finalmente llegamos, en la última llamada pudimos ingresar al avión y arribar felices a Amsterdam. Definitivamente, ya no estamos para estos trotes.



miércoles, 1 de agosto de 2012

Decimoseptimo Destino - Rodas, Santorini y Atenas, Grecia


La estadía en Rodas fue casual, típicas vueltas del destino. Nuestra intención primaria era la de partir cuanto antes para Santorini, pero dado que llegamos a las 19 horas y el último ferry desde la ciudad del “Coloso” partía a las 17, debimos quedarnos a pasar la noche allí.

La isla se encuentra situada al suroeste en Turquía, siendo la  más extensa del archipiélago y en la cual viven poco más de cien mil habitantes. Aquí se encontraba la inmensa estatua del "Coloso de Rodas", realizada en honor al dios griego Helios, aunque varios siglos atrás supuestamente un terremoto la derrumbó reduciéndola a un montón de escombros que ni siquiera perduran al día de hoy.

Desde el puerto en el que desembarcamos debimos caminar unos pocos metros para introducirnos en la parte antigua de la ciudad, la cual te transportaba indefectiblemente a otra época. Las entradas antiguas con sus arcos en piedra, las empedradas calles, los faroles y sus fuentes, disparaban flashes de fotografías en blanco y negro hacia los presentes. Muchos tangos se me venían a la cabeza en ese lugar, la asociación con el lugar era cantada.



Comenzamos a circular con nuestro equipaje por las calles de la ciudad en procura de encontrar alojamiento, lo cual con el correr del tiempo comenzaba a ponerse dificultoso. Mientras algunos se quedaron en custodia de las valijas para no seguir acarreandolas, otros partimos camino a introducirnos en pasajes angostos, en calles asimétricas, que no lograban llevarnos a ningún lugar concreto por un tiempo. Un par de lugareños estaban empecinados desde que nos bajamos en el puerto en ofrecernos sus moradas, pero algunas no logran colmar nuestras bajas pretensiones o bien eran descartadas ante el trato poco inteligente de su vendedor.

Finalmente, luego de más de una hora de búsqueda terminamos encontrando techo. Caro, como todos los de la zona, pero sumamente prolijo , bien ubicado y con un recepcionista con aires de veterano metalero que invitaban a instalarse allí.

La recorrida nocturna siguió en la misma tesitura de sorpresa con la que habíamos llegado a este lugar. Paramos de camino a cenar en un puesto que vendía una especie de kebabs, el cual era atendido por un amable veterano que nos agasajó durante toda nuestra estadía con una hospitalidad de otra época (como no podía ser menos con el lugar). Tomamos sobre la calle principal una inmensa bota de cerveza que allí venden, y al día siguiente dedicamos el día a hacer recorridas de ritmo tranquilo y sin apuros.


En horas de la tarde tomamos el ferry de la compañía "Blue Star" que nos dejaría en Santorini, lugar que prometía por sus encantos. El mismo era una versión mejorada del “Eladia Isabel”, cómodo, grande y con una linda terraza para sacar alguna foto o respirar un poco de aire fresco en medio del mar. En casi nueve horas llegamos a Santorini, en donde nos esperaba una persona del Hostel para el traslado a su hospedaje en una parte detrás de las sinuosas montañas.


El primer día en la isla lo tomamos para conocer la zona en la que estábamos alojados, Perissa. Llamaba mucho la atención la arena de color negro, algo impensado para lo que estamos acostumbrado a ver y a tomar como estereotipo de playa. Luego del desconcierto inicial comenzamos a disfrutar del paisaje, pese a que el piso en horas de la tarde hervía desconsideramente, y a gozar de unos cuantos baños en las transparentes aguas del lugar.

A la noche, luego de una multitudinaria cena con otros compañeros del Grupo de Viaje que coincidimos en este destino, salimos en busca de algún tipo de movida que jamás apareció.


 

Para nuestro segundo día arrendamos unos cuatriciclos que nos permitirían poder recorrer con libertad la isla, de dimensiones mayores que lo pensado antes de conocerla. Dos por "cuatri", casco y a llenar el tanque para aprovechar el día conociendo los distintos rincones del lugar. La playa de arena roja, “Red Beach”, que más que arena lo que posee es una suerte de piedra que cae de la montaña dándole ese color particular, y alguna que otra más que íbamos viendo de camino.



A la tarde emprendimos camino en busca de un atardecer que prometía mucho en lo previo, con fotos diversas que lo avalaban. Llegamos temprano, permitiendonos esto agarrar un lugar preferencial para ver la caída del sol ante un marco descomunal a sus costados. Se fueron sumando compatriotas, charlas sobre las últimas experiencias alrededor del mundo y el encandilamiento general ante el marco que el horizonte regalaba.

  
El retorno nocturno fue complicado. La falta de señalización acorde, referencias erróneas, cansancio y alguna cerveza “Mhytos” consumidas por los presentes, hicieron que la vuelta al hotel que debía insuminos cerca cuarenta y cinco minutos se extendiera a más de dos horas de búsqueda infructuosa.

El ultimo día en Santorini fue fundamentalmente de playa, aunque también sirvió para juntarnos con la camada de uruguayos que había en la isla para ver el primer partido de Uruguay por los Juegos Olímpicos frente a Emiratos Arabes.

Salimos con Diego en busca de esa tele salvadora, que nos permitiera disfrutar de partido birrita de por medio. Luego de una recorrida por la calle principal pudimos dar con un bar que tenía posibilidades de darnos ese gusto. Luego de que tomáramos literalmente el control para buscar la señal, dimos con un canal europeo que lo estaba pasando y que incentivó por tanto a la rápida solicitud de una jarra de cerveza para cada uno mientras nos íbamos acomodando. No llegamos a tomar dos tragos, cuando de repente aparece en la parte inferior de la pantalla la transmisión de Suiza versus Gabón, también correspondiente al fútbol olímpico y que se jugaba en simultaneo.

Nos miramos con Diego y sin necesidad de mediar palabra ambos pensamos: “no nos irá a cambiar la señal el partido de Uruguay por este partido medio pelo con dos selecciones que futbolisticamente hablando no existen”. Dicho, o mejor dicho pensado, y hecho. Chau partido y solamente cuando ocurría algo relevante te pasaban la jugada segundos después. Así fue que nos vacunaron primero los arabes sin dar crédito del resultado, pero luego al producirse el empate sentimos un grito con claro acento uruguayo al son de “uruguay nomá!” que venía de a unos escasos metros de donde estábamos. Salimos huyendo del bar en busca de las voces amigas, y a los pocos metros nos encontramos con el resto de uruguayos viendo el partido en otro local que tenía una buena conexión a internet proyectada desde un plasma. Tomamos algunas cuantas más, nos sorprendimos de ver que en la lista de precios figuraban fotos de uruguayos que la habían copado el restaurante el día del partido Uruguay cotra Ghana en el 2010, y salimos presurosos hacia el hostel para tomar un bus rumbo al puerto.


El ferry que nos trasladó hasta Atenas fue considerablemente guerrero, sin asientos decorosos y con espacios inventados para tirarnos en el suelo y poder dormir hasta nuestra llegada. Nos agarró por sorpresa ya que no se comparaba en nada con los otros que habíamos tomado, que en lineas generales habían estado muy bien ambos.

Cansados luego de un largo viaje, nos quedó sólo tiempo para dejar nuestro equipaje en  la recepción y tomar un "tour a pie gratis" que ofrecía nuestro hostel. La recorrida por los diversos puntos relevantes de la ciudad que cuenta con una historia de más de tres mil años, preveían un alto contenido de información para las horas venideras.

En la capital griega la visita fundamental nos llevaba a conocer el Partenón, ubicado en lo que anteriormente se conocía como la Acrópolis de Atenas. Los templos "Athenas Nike" y "Propileos" también allí ubicados, daban un marco que nos daba una pequeña impresión de la relevancia de estas obras, aunque el deterioro de los mismos tiraban por borda muchas expectativas en transportarse a otras épocas remotas.



Más tarde visitamos el Museo de la Acrópolis, el cual mostraba la evolución del área desde 1300 hasta el mil quinientos antes y después de cristo respectivamente, además de esculturas extraídas del lugar, un video ilustrativo de las obras en condiciones, además de diversos objetos de allí extraídos. Disfrutable, probablemente se verían mejor si permanecieran en el Partenón mismo.

Ya exhaustos por el calor y el trajín de un largo día sin practicamente haber conciliado el sueño, nos dormimos temprano ya que para tomar nuestro avión camino a Inglaterra debíamos despertarnos en el entorno de las cuatro de la mañana.

Partimos rumbo a Londres con Ceci, lejos de nuestra Familia de Viaje. En Grecia fue tiempo de despedidas en lo a que esta aventura refiere, tanto de Vale y Siraco en Santorini, como de Diego, Pau, Clau y Sole finalmente en Atenas. Otra etapa que se cierra y mantiene guardada la satisfacción enorme de haber compartido tantos momentos con un grupo de personas que cada una desde su lugar aportó lo suyo para ser parte de esta hermosa historia de mi viaje.

En algunos casos desconocidos antes de emprender esta aventura al rededor del mundo, en otros la oportunidad de conocernos mejor, respetarnos, querernos. Feliz, estas cosas probablemente tengan un legado de más valor que cualquier atractivo turístico. La vida, la amistad, el amor, conceptos que van de la mano a la hora de estar bien con uno mismo,con su entorno, con el vivír en armonía.
Gracias amigos por estos meses de viaje juntos. Hasta la vuelta familia, “Europa (ya) no está tan lejos”.